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Un derrame cerebral típico es el resultado de un bloqueo del flujo sanguíneo en algún punto del cerebro. Con motivo de este bloqueo se produce salida de sangre desde los vasos sanguíneos hacia el exterior y se quedan zonas a las que no llega oxígeno ni nutrientes provocando muerte celular. Un derrame cerebral puede pasar sin dejar secuelas pero en los considerados masivos se puede producir parálisis en un lado del cuerpo, incapacidad de hablar, pérdida de memoria, coma e incluso la muerte. Existen dos tipos de derrames cerebrales, los isquémicos (ictus isquémico) y los hemorrágicos (ictus hemorrágico). El primer tipo es normalmente causado por coágulos en la sangre mientras que el segundo se debe a rotura vasos sanguíneos debido a hipertensión, traumatismos u otras causas.

Los derrames cerebrales también se denominan como accidentes cerebrovasculares, infarto cerebral o apoplejía, todo ello es sinónimo del término ictus. El término embolia cerebral se refiere a un infarto cerebral por obstrucción del flujo sanguíneo en el cerebro debido a un coágulo. En un sentido estricto infarto cerebral se referiría a cualquier accidente cerebrovascular de origen isquémico, incluyendo la embolia.

De acuerdo con los datos publicados por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, los derrames cerebrales son la tercera causa de muerte en Estados Unidos, estadística que se repite en Europa. Las claves para reducir las posibilidades de sufrir un ictus son una dieta sana, ejercicio y mantener la presión arterial controlada.

Ictus isquémico

El ictus o accidente cerebrovascular isquémico es el tipo de derrame cerebral más común. Entre las posibles causas está el desarrollo de coágulos sanguíneos (trombos) que llegan al cerebro a través de las arterias. Las arterias son vasos sanguíneos que van disminuyendo de calibre a medida que se alejan del corazón hasta formar los capilares. De este modo llegará un momento en que el diámetro del vaso sanguíneo sean tan pequeño que el trombo lo tapone produciendo el ictus isquémico.

Los trombos son generalmente el resultado de otros problemas de salud como colesterol alto, endurecimiento de la pared arterial por diabetes, fumar o hipertensión. Problemas en las válvulas del corazón, algunas infecciones, arritmia cardíaca, ataques al corazón o alteraciones en el proceso de coagulación sanguíneo pueden también ser responsables de la formación de trombos que provoquen ictus isquémicos.

Ictus hemorrágico

El ictus hemorrágico se produce por un sangrado en el interior del cerebro. Este sangrado se produce por ruptura de vasos sanguíneos cerebrales provocado por diversas causas, entre ellas traumatismos o hipertensión arterial mantenida de forma prolongada que desencadene un aneurisma cerebral.

Otras causas menos comunes de ictus hemorrágicos incluyen inflamación de vasos sanguíneos debido a infecciones (sífilis, tuberculosis, enfermedad de Lyme), trastornos en la coagulación sanguínea, lesiones en la cabeza o cuello y radioterapia para tratar cáncer cerebral.

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El ictus hemorrágico ocurre frecuentemente en varios episodios cuyos síntomas van empeorando, al contrario que el ictus isquémico que suele ser más repentino y con síntomas que aparecen de forma inmediata.

Síntomas

Un derrame cerebral puede pasar sin síntomas o síntomas leves como puede ser un ligero mareo. Estos síntomas serían en pequeños derrames que, sin embargo, sirven de aviso para comenzar a tomar medidas de prevención pues suelen ser previos a derrames más graves. Los derrames cerebrales masivos pueden ocurrir muy rápido y a mayor rapidez en su tratamiento menores posibilidades de que quede daño severo permanente.

Los síntomas de un accidente cerebrovascular suelen ser repentinos y de corta duración. Afectan generalmente a una parte del cuerpo y pueden aparecer en forma de entumecimiento, debilidad, parálisis o problemas de visión. Otras síntomas son dificultad para hablar, dificultad para caminar, confusión, mareo o dolor de cabeza severo de aparición repentina. Cualquiera de estos síntomas debe ser tomando muy en serio y acudir a un centro médico de inmediato para prevenir o minimizar las posibles secuelas, incluso salvar la vida.

Tratamiento

Para el tratamiento de los accidentes cerebrovasculares se disponen de numerosas opciones en función de las características del paciente y de la naturaleza del ictus. Es posible seguir una vida completamente para muchos pacientes que han sufrido derrames cerebrales, especialmente si el tratamiento se ha administrado de forma rápida.

Un ictus isquémico es generalmente tratado de forma inmediata con fármacos anticoagulantes que disuelvan el trombo sanguíneo y, en función del caso, con medicamentos para controlar el nivel de glucosa en sangre y fiebre. Los ictus hemorrágicos se tratan de forma inmediata con fármacos para controlar la presión arterial, inflamación, fiebre y glucemia. Si la hemorragia cerebral es severa o en casos de aneurisma puede ser necesario la intervención quirúrgica para eliminar la sangre o reparar los vasos sanguíneos dañados. El tratamiento posterior puede incluir programas de rehabilitación y medicamentos para regular los niveles de colesterol, tensión arterial o diabetes.

Prevención

Los hábitos de vida saludable son la mejor prevención de los derrames cerebrales. Una dieta sana y equilibrada junto al ejercicio físico reducen las posibilidades de padecer diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia o ataques al corazón, todo ello causas de accidentes cerebrovasculares. También se ha de evitar totalmente el consumo de tabaco, evitar el consumo de bebidas alcohólicas y reducir el estrés. A los pacientes obesos se les recomienda bajar de peso, lo que generalmente se traduce en una mejor circulación sanguínea y esto a su vez en menor riesgo de sufrir un derrame cerebral.

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